Tengo un bló

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Tmeo, la mejor revista de humor

domingo, 3 de enero de 2021

¿Qué culpa tendrá el 2.020?

Hale, pues ya hemos estrenado calendario nuevo. Hay gente que se cree que porque cambie un guarismo cambia la esencia de las cosas. Llevo días escuchando cómo se acentúa el odio al pasado año, como si éste por sí solo tuviera la culpa de algo. La gente, puestos a culpar, achaca al pobre año pasado toda la responsabilidad infecciosa, como si fuera un ser consciente, pensante y contagioso.



Explícales a los que anteayer deseaban a voz en grito que se acabara el año cenizo que Covid-19 lleva el 19 porque la enfermedad se desarrolló el año del que toma el apellido.  No entiendo cómo funciona el mecanismo de coger al año, transformarlo en una personalidad antagonista y perversa y achacarle todos los males que sufrimos, aunque ya hayamos estrenado otro calendario.

En fin, paciencia. Mucha paciencia y que el año vaya bien.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Esa canción insustancial que siempre te viene a la mente.

 Hace bien poco tiempo, en una conversación, salió el tema de esa canción insustancial que te viene a la cabeza con asiduidad, porque, quizá, a todos se nos asoma por la mente una canción intrascendente de tanto en tanto. 

Pensándolo bien poco, porque sabes de qué canción se trata, se te aparece y, sin querer, la canturreas. Canturreas el temita recurrente que siempre se asoma aunque pasen años desde que la oíste la primera vez.



Mi tema insustancial es una canción de "berri txarrak" llamada "ikusi arte" (Hasta la vista) es un tema tontorrón sobre un desencuentro amoroso. El que canta se queja de que la persona a la que quiere no le hace ni caso y que por eso la deja de querer. Un tema clásico absoluto tan insulso como la mayoría que versan sobre este tema recurrente.


Esta es la canción que me invade la mente, se cuela entre mis dientes cuando subo las escaleras o hago tareas mecánicas. ¿Cuál es la vuestra?

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Mesas alejadas

 La empresa decidió a comienzos de noviembre que en el comedor de empleados ya no se puede socializar mientras te llevas a la boca el contenido de la fiambrera recalentado en el microondas comunal. Ya no puedes sentarte a la misma mesa de tus compañer@s porque es un peligro. También es un peligro compartir teclado, teléfono, grapadora y tampón o tocar las mismas teclas de todas las máquinas habidas y por haber durante el lento trascurrir de nuestras funciones laborales, pero, por lo visto, no es igual.

Almuerzo laboral triste en comedor más triste aún.


No es igual sentarte a comer en una mesa enfrente de otra persona que trabajar a su lado y que te coja la grapadora, el boli, tu auricular del teléfono, que toque tu silla, que te roce sin querer, que te de un palmetazo amistoso en el brazo por haber hecho cualquier chiste malo. No, no es igual. Y piensas todo esto mientras vas saludando, mascarilla en el morro, a toda la gente que te mira desde sus mesas individuales. 

Y te sientas a comer en tu mesa separada de los demás, quizá hagas un comentario levantando la voz a una compañera que entra y te saluda con la fiambrera en la mano. Mesas separadas, mesas alejadas. Hasta el aliciente de comer en corrillo, con cierta separación y sin levantar la cabeza del recipiente que contiene tu frugal ración de alimento ha cambiado con todo esto. Las cuatro naderías cotidianas que se comentaban mientras se vaciaba el recipiente reforzaban los lazos sociales y consolidaba empatías. Eso ya ha pasado a la historia, pequeña autómata.

Comer en silencio, comer separada junto a un puñado de individuos tan aislados como tú, cada uno aislado en su mesita, como extraños. Este sí es un mal de muchos.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Veintiséis millones de muertos

 Hace años, no recuerdo dónde, leí un libro acerca de la tortuosa historia de España del siglo XIX. Entre levantamientos, asonadas, revueltas y guerras no hubo apenas tiempo de paz. Dicen que, incluso el siglo XX con sus golpes de estado, sus dictadores y sus guerras, aún no fue tan levantisca como la etapa decimonónica. Sin embargo, en ambos siglos se daba un mismo denominador: Los golpes de estado los dan oficiales del ejército, siempre.

Estamos en el siglo XXI y no creo que la humanidad haya cambiado un ápice, y el ejército, jerárquico, mandón, brutal y aficionado a aniquilar al enemigo, menos aún. Así que no me sorprende nada el hecho de que haya militares, casi todos carcamales en la reserva, que escriban cartas a su rey para que de un golpe de mano y se cargue un gobierno porque no les gusta el tufillo progresista de salón que desprende.

General en la reserva con ínfulas de genocida


Otros militares utilizan foros para soliviantar a la tropa
y pedir golpes de estado para derrocar gobiernos rojomasonseparatistocomunistachavistabolivarianofiloetarras de todos los santos. Hay algún malnacido que incluso afirma, así, sin cortarse un pelo, que habría que fusilar a veintiséis millones de españoles, teniendo claro que por españoles también incluyen a aquellos a los que exigen serlo sin que estos tengan demasiado apego.

¡Veintiséis millones de fusilados! con sus, al menos, veintiséis millones de balas. Más de la mitad del país. Y no se corta el aspirante a criminal de lesa humanidad cuando larga tal barbaridad. ¿Estos son los lobos que protegen a los borregos?

jueves, 26 de noviembre de 2020

El mito

 La muerte provoca la creación del mito más allá de lo que pudiera haber sido en su peregrinar por este valle de lágrimas. Y aunque Diego Armando Maradona ya fuera un personaje adorado en vida con una iglesia propia que lo deificaba, su pronta desaparición va a multiplicar su aura, por si no la tenía ya suficientemente glorificada.

Maradona pudo haber sido un juguete roto como Garrincha, pero era demasiado venerado para ello. El haber sido un niño de barrio humilde catapultado al fútbol bien pagado y de ahí poder tener al alcance de su mano y de otros apéndices corporales todo lo que se le antojara quizá no ha propiciado más que la aceleración de su defunción. Ayer, cuando saltó la noticia de su desaparición a media tarde, hora local, imaginé que ya no habría noticias de coronavirus sino del barrilete cósmico. Y eso que no vivo en Argentina, que si no...

Una imagen que tiene mucha miga.

Capilla ardiente en la casa rosada por el que desfilan argentinos compungidos, tres días de luto oficial, banderas a media asta hasta en el Camp Nou, y llantos en Nápoles. Si Diego era su Dios en vida, no me lo puedo imaginar mitificado una vez finado.

Argentina llora, aunque menos que con Quino o con Marcos Mundstock, vaya racha que lleva el país austral. Maradona era un hombre. Sí, jugaba muy bien al fútbol, pero tenía otras facetas nada loables que hoy todo el mundo calla por respeto, cosa que lo mitificará más.

La consolidación de un mito que ya era mito en vida. No hay más que ver la exagerada  reacción  mundial de su desaparición. Descanse en paz.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Cuñas publicitarias

Suelo escuchar la radio en el coche cuando voy a trabajar y siempre, siempre, acaban saliendo las cuñas publicitarias. La palma se la llevan, por supuesto, un par de empresas de esas que reparte seguridad infundiendo un miedo atroz primero. Es decir, a la gente se le vende un producto creado a partir de un bombardeo masivo de miedo e inseguridad. Inseguridad ciudadana de esa que estaba tan en boga hará unos 40 años, cuando todo eran yonkis, navajeros atracadores y tirones de bolso en la época del pico de heroína en aquellsos años en que gobernaba un señor con nombre de aeropuerto.

Ahora ya no es inseguridad en al calle, sino inseguridad en las casas. Te venden alarmas de esas que avisan a la policía cuando te han entrado a casa. Lo gracioso es que te las venden como si eso arreglara algo. Hasta que la patrulla llegue, te han robado y hasta te pudieran haber dado una paliza si te pillan dentro. ¿Venden seguridad? Trabajé durante muchos años en instalaciones deportivas que contaban con la seguridad de esa famosa empresa. Alguna vez algún diligente compañero nos había cerrado la puerta de acceso al lugar desde el cual se desactivaba la alarma y estaba el teléfono al que llamaban desde Madrid. La policía aparecía cuando ya habíamos conseguido entrar,  abrir la instalación, sacado el limpiapiscinas del fondo de la misma, y casi, casi, hasta haber hecho la pausa para el bocadillo. La eficacia era maravillosa. 

La central de alarmas, reventada. Mucha eficacia no vende.

Recuerdo haber llegado a una instalación un domingo por la mañana y haber encontrado la central de alarmas destrozada por un bate de béisbol y la caja fuerte donde se guardaba la magra recaudación del polideportivo del barrio arrancada de cuajo y vacía, por supuesto. Cada vez  que oigo las cuñas publicitarias y lo seguros que se sienten los vecinos con su vigilancia me entra la risa. No lo puedo remediar.

Otra cosa ¿Os habéis fijado que desde lo de la pandemia las empresas de seguros privados tipo Adeslas, Sanitas, y demás mandanga de capital fundamentalmente norteamericano están venga a dar la chapa por la tele? A río revuelto, ganancia de pescadores que enfangan más con sus botas de goma. Otro ataque a la sanidad pública sin el amparo de la autoridad pública.



domingo, 8 de noviembre de 2020

Abascal no sabe inglés (Sobre un bulo que corre por internet)

 No quiero hacer publicidad del maligno Abascal, ese amiguete del zafio Trump. Corre por la red un bulo sobre un tuit de Abascal que, una vez más, no es cierto, pero podría serlo. Y aunque es una burda trola, vamos a jugar un poco con ella. No es la primera vez que este indivíduo que pasea por la derecha más reaccionaria da soporte al millonario chulo y perdedor yankee. Bien pudiera haber sido un lapsus cálami. En esta ocasión, repito, falsa, Abascal habría copiado el tuit de Trump y no habría pedido parar el recuento sino otra cosa, que, bien mirado, en Abascal pudiera tener todo el sentido.

Parad el coño.

En esta fábula Abascal no pide que se deje de contar, como hace Trump, ese ceporro que se lleva su scattergories porque no aceptan pulpo como animal de compañía, es decir, que los votos por correo sean para el otro viejo blanco rico y facha que no es él. No, lo que pide Abascal es que paren el coño. Así, como lo leéis. El cunt, el coño. Sí, ya sabemos que Abascal es un varón blanco, facha, supremacista, y, por supuesto, misógino. Odia tanto a las mujeres, sobre todo si piden igualdad, que niega que existan atrocidades como el maltrato de género. No hace falta que sean feministas. Él las considera menos.

Marcando pezonera

Pero, claro, esto nos lleva a pensar en ese tipo de hombres que enarbolan la superioridad sobre las mujeres de todas de las maneras porque nunca han contado con ellas en ningún ámbito de la vida. Así lo determinó la cultura capitalista que es supremacista, blanca, masculina y heterosexual. Y de ahí,  con esas poses tan sospechosas de algunos que prefieren la camaradería viril, el juntarse con hombres, en admirar los envases de testosterona refiriéndose a la valentía y en creer que ser hombre es lo más, demuestra que este lapsus (Aunque no olvidemos que es un fake, hagamos esta reflexión irónica) viene propiciado por un homoerotismo exacerbado. 

Tipos a los  que les gusta llevar marciales camisetas del ejército, nada más recio y viril, y marcar bíceps y pecholobo en camisetas prietas que insinúan pezones duros, quizá vuelvan a hacernos pensar en todos esos insospechados varones que subliman la masculinidad y denostan la feminidad porque, en el fondo, lo que les pone es un buen macho.  Me estoy dejando llevar por una idea muy antigua que no tiene por qué ser este caso en cuestión, pero una cosa me ha llevado a la otra. Algún psicólogo con sentido del humor nos lo debería explicar mejor. Es algo muy curioso que muchos enconados heterosexuales y gran parte de la comunidad gay masculina tienen tanto en común, y no, no es la misoginia, sino el encontrar en sus iguales todo el placer y el gusto de rozarse en camaradería.

Ya perdonaréis que haga de un bulo toda una llamada de atención sobre ese machismo hetero que tiene tanto en común con la misoginia de cierta parte de los varones homosexuales, pero una no es de piedra y, aunque me resisto de hablar de este tipo de políticos rancios, de vez en cuando, caigo.