El arzobispo de Madrid declara que
da el visto bueno a la inhumación de Franco en la catedral de la Almudena. Eso indica que es cierto que sacarán al sátrapa de Cuelgamuros y que le darán sepultura en esa catedral, museo del mal gusto, lugar en el cual hasta el propio
San Josemari, que se creía más que Dios, tiene su propia capilla con imagen divinizada, patrón de los soberbios y de los ricos de espíritu y de los de cuenta corriente.
La iglesia católica española, siempre tan beligerante, legitimó y dio cobertura al golpe de Estado de los militares africanistas en julio de 1936, llamándolo "santa cruzada", con ese cardenal Isidro Gomà pidiendo taxi sin atisbo de vergüenza.
Hermanos en Jesucristo, ¿Va a haber taxi para todos?
Que si le dieron cobertura, el dominico y profesor de teología moral de Salamanca, r.p. Ignacio Menéndez Reigada se atrevía a soltar esto en pleno inicio bélico:
“el alzamiento en armas contra el Frente Popular y su Gobierno es, no sólo justo y lícito, sino hasta obligatorio, y constituye por parte del Gobierno Nacional y sus seguidores la guerra más santa que registra la historia”
El cardenal y arzobispo de Toledo, Isidro Gomà, se atrevió, no sólo a figurar como un fascista fanático en las poses con el brazo a la romana rodeado de militares, sino que da un discurso beligerante y, a la vez, delirante, impropio de un buen cristiano:
Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra ese otro espíritu...
Ignoramos cómo y con qué fines se produjo la insurrección militar de Julio: los suponemos levantadísimos. El curso posterior de los hechos ha demostrado que lo determinó, y lo ha informado posteriormente un profundo sentido de amor a la patria. Estaba España ya casi en el fondo del abismo, y se la quiso salvar por la fuerza de la espada. Quizás no había ya otro remedio.
La guerra Santa, como dice al final del párrafo donde nos cuenta el albor de la revuelta en Navarra, llena de curas trabucaires que traían armas de contrabando para los golpistas, como hizo algún clérigo de la Navarra más reaccionaria.
Es preciso haber vivido aquellos días de la primera quincena de agosto en esta Navarra, que, con una población de 320.000 habitantes, puso en pie de guerra más de 40.000 voluntarios, casi la totalidad de los hombres útiles para las armas, que dejando las parvas en sus eras y que mujeres y niños levantaran las cosechas, partieron para los frentes de batalla sin más ideas que la defensa de su religión y de la patria. Fueron, primero, a guerrear por Dios...
Al compás de Navarra se ha levantado potente el espíritu español en las demás regiones no sometidas de primer golpe a los ejércitos gubernamentales.
Porque, eso sí, después de matar tan calentito, que diría Gila, al que fusilaron mal en la guerra, por cierto, se iban a confesar y rezaban el rosario.
Y en todos los frentes se ha visto alzarse la Hostia Divina en el santo sacrificio, y se han purificado las conciencias por la confesión de millares de jóvenes soldados, y mientras callaban las armas, resonaba en los campamentos la plegaria colectiva del Santo Rosario.
Monseñor Plà y Deniel también contribuyó a hacer creer a las acémilas el valor redentor de la maldita guerra: “En el suelo de España luchan hoy cruentamente dos concepciones de la vida, dos sentimientos, dos fuerzas que están aprestadas para una lucha universal en todos los pueblos de la tierra… Comunistas y anarquistas son los hijos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto a la virtud, y por ello los asesinan y martirizan”. Y añadía el sotanado: “Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una Cruzada. Fue un sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden”, “…una Cruzada por la Religión, por la Patria y por la Civilización”, “…una Cruzada contra el comunismo para salvar la Religión”.
Y esta sólo es una pequeña muestra de lo que la iglesia se dedicó a producir para fomentar la puñetera guerra como no se debiera hacer. La iglesia inventó la cruzada, antes inexistente pues no era más que un simple golpe de estado. Muchos clérigos lucieron armas y las usaron, que es peor. Eso sí, por si acaso no hacen muy conocido el hecho de que expulsaron a un par de obispos que no pensaban igual y que fusilaron o encarcelaron, o las dos, a numerosos sacerdotes, sobre todo en el País Vasco.
Y aún la iglesia se atreve a hablar de perdón y de mejillas dispuestas al fustigamiento cuando ellos alabaron el asesinato, glorificaron a los asesinos y recibieron bajo palio a un dictador que firmaba sentencias de muerte sin ningún escrúpulo. Esta iglesia, que firmó una pastoral deleznable, que aquí os dejo. Esta iglesia no ha cambiado.
Capellanes castrenses cardenalicios.
Sus arzobispos de Toledo, quizá contagiados por la academia castrense de la misma ciudad, juran bandera como los militares. Quizá confundan la ropa talar con el uniforme militar, las sotanas con las guerreras, los solideos con las gorras de plato y la estola con los correajes. Aún hacen declaraciones inconcebibles, como las advertencias sospechosas de cierto arzobispo. La iglesia española sigue siendo la gran defensora de la dictadura. Nada sorprendente, por desgracia.