Después del levítico, números y el deuteronomio, la biblia presenta el libro de Josué, que es en castellano lo mismo que Joshua para los angloparlantes, y para algunos padres desaprensivos que, con tal de ser originales perpetran en el registro civil este tipo de nominativos para sus retoños, que en un futuro no muy lejano serán víctimas del maltrato doméstico y futuros descerebrados ni-nis del fracaso escolar. Pero además, para que muchos se sorprendan, Josué es el nombre hebreo de Jesús. Así que nos encontramos ante el chusco caso de que Josué y Jesús es lo mismo.
El tal Josué era un desalmado cerebro militar designado por Moisés ya en sus últimos días, que creció a base de maná celestial hormonado (Siempre que hablo del maná, me acuerdo del cocinero de los teleñecos y su canción: maná, maná, pa pa paraba). Así que para quedarse con su tierra prometida (Jericó, Hai, Gabaón y aledaños) se dedicó a poner en práctica un
Blitzkrieg sobre los indefensos habitantes de aquellas tierras. Vamos, que miles de años después está pasando igual, sólo que Josué se llamaba Ariel Sharon.
Josué, psicópata militar, pasó a cuchillo a toda la población de Jericó, menos a la familia de Rahab, una mujer de Jericó a la que la biblia llama "cortesana" (En fin, ya se sabe) y que escondió a los espías de Josué en su casa. Así que (Josué 6, 21) pasaron al filo de la espada a hombres y mujeres, niños y viejos, bueyes, ovejas y asnos, además de llevarse (saqueo cochino) todos los objetos de valor de aquellas gentes pasto de los buitres. Además la dulce joyita de Josué prohibió que se levantaran de nuevo los muros de esta ciudad. Y no sólo pasó a cuchillo a los pobres habitantes de esas ciudades que iban a ocupar ellos por ser el pueblo elegido, sino que pasó a cuchillo el prepucio de todos los varones de su pueblo que no se hacían la circuncisión desde que salieran de Egipto. Con lo cortado, se hizo un juego de maletas de piel.
Aquí llega la madre del cordero ya que Josué, olé el poderío, para volver a ganar la batalla de Gabaón no hizo otra cosa que parar el sol. Y éste no se movió, impidiendo la venida de la noche, hasta que se cepillaron a los gabaonitas. Ésta es una de las razones a las que adujo la iglesia romana, ésta y las ideas aristotélicas, para ponerle mal morro a la teoría heliocentrista de Copérnico, que estaba demasiado lejos como para darle una vuelta en la parrilla, pero sí un siglo después al pobre Galileo. Y como no se puede contradecir la biblia ni las malas artes militares del asesino en serie de Josué, pues nada. A la cárcel.
Un descanso entre degüellos para parar el sol un ratito
Después de toda esta campaña militar para quedarse con unas tierras que dicen que dijeron que les pertenecían, y habiéndo echado a los anteriores moradores que aún seguían vivos. Josué, autoridad militar, por supuesto, repartió tierras y ciudades entre las doce tribus de su ejército. Y aquí se acaba el bonito cuento de las maniobras militares que se ca(r)gan la teoría heliocéntrica.