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martes, 2 de septiembre de 2014

El divisionario gay de la novela

Había leído un libro de Tomás Salvador llamado "cuerda de presos" que cuenta el viaje de dos picoletos con un preso desde un penal de León al de Vitoria, donde será ajusticiado. Un viaje "a pata" donde, poco a poco nos enteramos de que el preso no es otro que Díaz de Garayo, más conocido por "el sacamantecas", un asesino en serie de una época donde no se sabía qué era eso. Un agresor sexual que mataba mujeres y las destripaba por los aledaños de Vitoria a finales del siglo XIX.

El libro en cuestión

Tomás Salvador empezó a desarrollar tarde su afición de escritor, porque el hombre, de profesión, se dedicaba a inspector de la policía franquista. A pesar de ser un hombre del régimen con un pasado divisionario por las estepas rusas, sacó a más de un amigo desafecto al régimen de las garras de la cárcel. Salvador, además de por esta premiada novela sobre el último paseo del sacamantecas, también escribió un par de novelicas sobre los guripas de la división azul. El libro, que se titula "división 250" cuenta en capítulos cortos vivencias de múltiples soldados, pero hay uno que me dejó descolocada por lo curioso, y es que habla, solapadamente, de un soldado homosexual. Que otros escritores modernos, como Ingnacio del Valle, conocido por la trilogía de las investigaciones de Arturo Andrade, traten el tema de los soldaditos divisionarios de cojera torcaz, es más normal, teniendo en cuenta que son obras del siglo XXI, pero que lo haga un escritor en la España cuartelera de los 50 del pasado siglo no es habitual ni de lejos.

El escritor adelantado

Por si a alguien le interesa, Ignacio del Valle sacó tres novelas protagonizadas por un torturado personaje llamado Arturo Andrade, que, para purgar su pena carcelaria por homicidio se larga, en la segunda novela, llamada "el tiempo de los emperadores extraños", a pegar tiros a los ruskis enrolado en la 250 división de la wehrmacht. Hasta hay una peli llamada "silencio en la nieve", donde el papel de Andrade lo hace Juan Diego Botto, que está bastante lograda. Bien, en esta novela nos hablan de un asesino de divisionarios y entre los sospechosos hay un homosexual que está barriendo minas que cuenta con toda naturalidad su manera de ser. Pero en la novela de Salvador, muy anterior, aunque queda bastante claro, se hace de una manera muy discreta.


Barriendo minas en "silencio en la nieve"

El capítulo titulado Agosto, 1942: Cambio de Frente. Cuenta el breve relato de tres camaradas del ejército confraternizando con soldados alemanes y civiles rusas en Wiritza. A uno lo apoda Morrúo. Este, ante los cambios de impresiones con los alemanes va y le dice a uno "anda, salao; así me gustan a mí los tíos". Su compañero lo reconviene "sólo me interesan en su aspecto...táctico. Son entendidos en la materia."

Los tres soldaditos de la división habían ido al mercado a cambiar botas por huevos y, después, al oír música en una casa, entran en ella, encontrándose a algunos soldaditos alemanes y civiles finlandeses y nativas rusas pasando el tiempo de guerra, con un poco de vodka para acompañar. El Morrúo baila flamenco y Salvador dice: "Pronto entre él y un teniente se estableció una corriente de simpatías que exteriorizaban con medias palabras y risotadas".

Salvador va narrando la juerga improvisada de los soldaditos de la wermacht y cuenta que el Morrúo se pone a cantar una canción algo canalla de moda en España, que no es otra que "tatuaje", pues pone en boca de este singular guripa el afamado comienzo del tema. Se marchan y a mitad de camino se acuerdan de la cesta de huevos. Mañana irán a por ella, pero al llegar al lugar donde para su sección, les dicen que hay movilización hacia el frente.  Salvador añade: "El Morrúo se escondió en un rincón, para llorar, según descubrieron Carlos y David.

     -¡Cerdo!- gruñó David- ¡Lloras por tu teniente!
     - No, no. Te lo juro. Es por la cesta. Te aseguro que es por la cesta.
     - Es tu teniente. Me jugaría el pescuezo que es tu teniente. Te voy a dar una patada en el culo...
     - No seas así, David...
     -¿No ves como llora?
     - Déjale, David..."

No es demasiado habitual encontrar novelas de corte bélico en las que se hable, aunque sea de una forma velada, de la homosexualidad, y menos que hayan sido escritas en los años 50 del pasado siglo. Claro que, Tomás Salvador, madero de profesión y escritor por vocación, no hace sino revivir historias vividas o vistas de cerca de cuando él estuvo de guripa con la división azul.

Eso no quiere decir que no hubiera homosexuales haciendo de soldaditos azules. Los hubo, como los hay en todas partes. Como aquél soldado cartagenero que hizo la mili en el moro en los años 20, se hizo voluntario nacional en el 36 y volvió a largarse a la guerra mundial en el 41, lo cual ya tiene mérito, porque pasaba de la cuarentena larga. Y es que homosexuales guerreando ha habido siempre, ahí está Alejandro Magno, pero lo inusual es que salgan en novelas de los años 50. Para que conste.

2 comentarios:

Robin dijo...

Es curioso como desde antiguo la homosexualidad siempre ha sido parte de la conducta humana considerada ortodoxa...ha sido a partir de...¿cuándo exactamente? -no lo sé- que se ha anatemizado hasta extremos inenarrables. Alejandro "Mango" -con permiso del regio muchacho- es sólo uno de tantos ejemplos de ello...en fin, que arrieritos somos y en el camino nos iremos encontrando...

laesti dijo...

Aquiles, si no recuerdo mal, se liaba la manta a la cabeza y entraba a saco en la guerra de Troya por la muerte de su amante, Patroclo. En la película hacen que Patroclo sea el primo de Brad Pitt, no vaya a hacer de homosexual una estrella de Hollywood.
Me apunto el libro sobre el sacamantecas, que me gusta a mí un asesino psicópata...