El día es gris, desapacible y plomizo en todos los sentidos. Debería llamar a mis hermanos y escucharlos, aunque nos mandemos chorradas por el whatsapp eso no basta. Deberé vencer mi desapego por el aparatejo que inventó Meucci pero del que se benefició el granuja de Graham-Bell (¿Granuham Bell?)
Uno de mis hermanos, además, forma parte del personal sanitario y me preocupa su situación. Tiene gracia que anteayer habláramos de un libro que tiene que estar en su casa y le apetece leer de manera flagelante, ya que no se trata de otra obra que "el diario de Anna Frank", una versión argentina de 1959 que estaba en casa de mi abuelo el maestro, aunque a juzgar por la firma de la primera página es de una de mis tías.
Hay que tener ganas de meterse ese
Libros, un consuelo.
Tendría yo unos ocho años cuando mi padre me plantó ese ejemplar en las narices y me dijo algo así como "léelo, es el diario de una chica perseguida por los nazis". Me costó leer los pensamientos de una adolescente que hablaba de porotos y arvejas, y me costó saber que eso eran alubias y guisantes, dos legumbres que cambian de nombre según la región geográfica. Años más tarde leí una versión íntegra y sin retocar. Se sabe que el padre, único superviviente de los Frank, suprimió algún que otro pasaje donde la niña, que no era tan niña, tenía sus despertares sexuales, y, claro, pues como que al señor le resultaba impúdico.
Supongo que mi hermano habrá encontrado aquél viejo ejemplar que tiene más de sesenta años y lleva más remiendos que la ropa vieja y lo leerá los ratos que tenga libres, no como el pelmazo de Spiriman, que en sus ratos libres se dedica a su verdadera vocación: Ser vedette televisiva.
En fin, yo me acabo de ver "la trinchera infinita". Sarna con gusto, no pica.











